El croata. Así no puedo introducir el tema, demasiado brusca entrada musical. En mi mente ya entraba el tema croata como el de una tropa a caballo, más como cosacos o mujiks, pero Croacia está en el Mediterráneo y no en el Báltico, así que dejaremos aquí esta entrada pequeña de trombones para luego desarrollarla en el segundo movimiento con violas y clarinetes, así ha sido, así fue.
El cuarto de C. tiene ventanas alemanas, moqueta alemana, edredón alemán o sólo extranjero, sin sitio para embozos de sábanas o sábanas. Esta mañana se fue C. a trabajar, tarde, le di un masaje en la espalda, él me dio un beso, anoche vimos Amélie, anoche vimos cosas antiguas, cosas con antigüedad de seis años, él me contó cosas que no podré decir aquí o amanecerá ahogado en las aguas del río de Munchen, cuyo nombre tendremos que averiguar: Isar; anoche no le dije lo que me gustaba estar anoche con él.
Estoy en la Ciudad y no me hace falta salir a la calle aunque me gustaría, para saber que estoy en la ciudad. Oh sí, me gustaría ir de nuevo a la Mariannenplatz, a la fuente con el pez globo desde la que, en cuyo pretil apoyada, vimos subir las escaleras de la estación del metro a un croata con abrigo tres cuartos, croata dandy, camiseta, croata loco, pendientes de Shakespeare, croata pirata. Y C. me había llevado a ver la ciudad inventada por él, la ciudad mejor que la verdadera, ésa que tengo que contar después de volver a verla sola, ahora, luego, cuando deje de llover, o ya, y la lluvia nos purificará lo ya purificado, lo ya resuelto, lo ya desencadenador, y casi, desencatenador. Pero quiero que vuelva C. a casa, mi viaje a Munchen es a través de él, casi salir de exploración es una traición a C. Cicerone. Pero necesitamos alimento, algún tipo de salchicha o paté de carne bávaro, algo que nos llene y nos haga seguir hasta esta noche.
